El papel de los niños en los cuentos

Es inevitable relacionar a los cuentos con los niños, por ello, muchos de éstos están protagonizados por los más pequeños: «Caperucita Roja», «Peter Pan», «Pulgarcito»… El niño siempre representa la inocencia y la pureza en el relato. A su vez, adquieren una dimensión de denuncia y condena social, es decir, tiene una vertiente crítica.

El post de hoy será diferente, puesto que a partir de un cuento que tenga de protagonista a un personaje infantil, crearé su vida adulta, que no aparece en el relato, pero me ajustaré a él justificando todas mis decisiones con las pistas que nos ha dejado el autor acerca de su carácter. El primer cuento que analizaremos es «Bárbara contra la muerte» de Almudena Grandes.

Almudena

Almudena Grandes

El éxito de esta autora es indiscutible, licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Complutense, se dio a conocer en 1989 con Las edades de Lulú y desde entonces no ha dejado de escribir. Varias de sus obras han sido llevadas al cine y al teatro, y han merecido, entre otros, el Premio de la Fundación Lara o el Premio de los Libreros de Madrid. “Bárbara contra la muerte” se encuentra en la colección de cuentos Modelos de Mujer, que consta de siete cuentos que plantean muchos de los temas y conflictos presentes en las novelas de la autora. De hecho, la crítica ha destacado en numerosas ocasiones que Almudena Grandes se siente novelista porque el cuento se le queda corto, aunque éstos no carecen de detalle, ni de una buena trama, crea personajes que reflejan a la perfección lo que la autora pretende mostrarnos. El caso de nuestra protagonista, Bárbara, no se queda atrás.

La historia es contada por una niña de trece años en primera persona. Tiene una estructura circular: la protagonista se dispone a ir de pesca con su abuelo y, durante su paseo con él recuerda lo que le sucedió un día en la escuela: la profesora de dibujo le envía a por una caja de tizas y la niña entra, por equivocación, en unas dependencias del colegio donde se encuentra con una monja decrépita que la confunde con una joven hermana y le advierte que llevará una vida en clausura. En ese momento se revela el carácter rebelde de Bárbara, quien se aferra, a las ilusiones de una niña de tan solo trece años, a su aspiración infantil de un futuro de mujer fatal, influenciada por los medios de comunicación y por el romanticismo cinematográfico de la época, pues en un momento del discurso dirá que “el hombre de sus sueños debe parecerse a uno de las películas”. Esta escena, sirve a la autora para mostrar el carácter combativo e inconformista de la niña, que bien podría estar reflejando el suyo propio de la infancia. El cuento, acaba de la misma forma en la que empieza, con una protagonista acompañada de su abuelo, que desde la ingenuidad, le lanza preguntas sobre su futuro sentimental y adolescente.

A continuación imaginaremos el futuro de Bárbara, la joven chiquilla de trece años que desde la inocencia, le preguntaba a su abuelo sobre cómo de guapa sería cuando fuese mayor o si los chicos se interesarían por ella. En efecto, su abuelo no se equivocaba. Bárbara se convirtió en una mujer de armas tomar, valiente, luchadora y con carácter, pero nada de su personalidad se asemejaba a la de una femme fatale. Nada de lo que presagió en su discurso contra la demente novicia ocurrió en el futuro. Bárbara quiso y se dejó la piel con todos los hombres que pasaron por su vida, aunque no olvidaba su papel de chica dura e indiferente a todo que intentaba mostrar cada vez que conocía a un nuevo amante.

“Los tíos se desplomarán a mis pies, todos los tíos, y yo me portaré fatal con ellos, lo siento, pero eso es lo que voy a hacer, coquetear con todos a la vez, y luego, si no llega alguno que sea estupendo, pero estupendo del todo, de verdad, como los novios de las películas, escogeré al que tenga un descapotable, rojo, si puede ser, o amarillo, a lo mejor…”

No hay duda de que Bárbara a esa edad estaba influenciada por las películas de la época, y por una mente aún inmadura e inocente, pero como se muestra en otras partes del relato, como cuando está acompañada de su abuelo, Bárbara tiene una ternura y bondad que no podrá disimular a lo largo de su vida adulta:

“Luego soltó una de esas exageradas ocurrencias que a la abuela la sacaban tanto de quicio y a mí, en cambio, solían hacerme reír.”

“Entonces reí con él. Mi abuelo era cálido, bueno y sabio, y cuando me hacía caso, conseguía que me sintiera una persona importante.” 

Durante su adolescencia, no deja de sufrir por chicos que no la valoran más que por su físico y por su actitud guerrera, pues ninguno se esfuerza por ver más allá de su apariencia, menospreciando sus buenos detalles y su amable corazón. Pero como le ocurrió a su abuela con su marido, apareció alguien que amó cada rasgo de su personalidad, y encontró en él todo lo que había buscado y nadie le había ofrecido, viviendo un matrimonio como el de sus abuelos.

Para leer el texto haz click aquí.


El segundo de los cuentos que analizaremos es «Ese niño gordo a quien sus padres compraron un balón» de Manuel Pilares.
abuelo

Manuel Pilares (1921-1992)

Manuel Pilares es el pseudónimo del asturiano Manuel Fernández Martínez.  Debe a sus amores de juventud su nombre literario, pues muchas de ellas se llamaban Pilar. Minero, ferroviario, maestro, periodista, poeta, cuentista (Los cuentos de la buena y la mala pipa o precisamente el que a continuación comentaremos), autor de novelas cortas, y en los últimos años de su vida dedicado a escribir series de televisión y guiones cinematográficos. Su amor literario fue, sobre todo, por el poema y el cuento. No obstante, escribió novela, la primera de ellas El andén, nacida de su oficio ferroviario, y los relatos o Historias de la cuenca minera. Su último libro de poemas se publicó en 1900, el Tercer libro de antisueños.

El protagonista del cuento que nos ocupa, “Ese niño gordo a quien sus padres compraron un balón” representa a todos los niños que sufren acoso. El autor nos presenta una escena cotidiana, la de unos niños jugando un partido de fútbol, sin embargo, hay algo que llama la atención, uno de ellos es responsable únicamente de cuidar las chaquetas de todos los jugadores, y no por decisión propia, sino porque éstos, a pesar de que el balón es de este niño al que marginan, no le dejan participar. Otro dato significativo es que el hecho de que el autor no bautice a nuestro protagonista más allá del nombre que vemos en el título “niño gordo” hace que el relato pueda extrapolarse a cualquier niño que ha sido acosado o discriminado por sus compañeros de colegio. Algo que, por desgracia, a día de hoy sigue sucediendo. Este niño, además de ser incomprendido por sus amigos, lo es también por los adultos. Cuando el niño siente que no puede más, decide tirar el balón por un puente, pues sabe que sin él, se acabará esta situación. Es visto por un transeúnte que, asustado, decide preguntarle qué ocurre y por qué quiere tirar el balón, que con ternura, ha decidido desinflar para que “caiga muerto” y no vuelva a rebotar, y por tanto, vuelvan de esta manera sus problemas. Aún así, aparece explícito en el relato como el niño niega al desconocido que éste comprenda sus problemas, lo que demuestra el sufrimiento al que estaba expuesto nuestro protagonista por culpa de la actitud de sus compañeros:

“No. No comprende usted. Yo estaba dispuesto a no jugar en mi vida al balón. Pero mis amigos no consentían que me quitase la chaqueta ni para vigilar las suyas. Decían que me la quitaba para que la gente creyera que estaba jugando. Decían que…”

En ese momento se acercan más desconocidos, que pensando que el único problema que podría tener ese triste niño es que se le ha caído un juguete, deciden reunir dinero para comprar otro balón cuando es éste el causante de sus problemas. Es también por tanto, un reflejo del mundo adulto intolerante y superficial, que cree entender a un niño sin ni siquiera parar a escucharle.

A partir de aquí, vamos a imaginar el futuro de nuestro protagonista. Después de aquel episodio, El niño gordo, al que vamos a llamar Raúl, no volvió a bajar nunca más a las pistas de fútbol, y tampoco sus compañeros le echaron de menos, insistieron un par de días llamándole a voces a su ventana, pero pronto y por desgracia encontraron otro “niño gordo” que hiciera la labor que desempeñaba nuestro protagonista.

En cuanto a Raúl, mantuvo su peso a lo largo de su niñez y adolescencia, pues en ningún momento del relato se nos muestra inseguro o acomplejado en ese aspecto (ni debería estarlo), lo que le hacía falta simplemente era una buena dosis de amor propio, y no hay mejor manera de quererse que aceptándose uno mismo tal y como es. Decidió refugiarse en los libros y en los estudios del colegio e instituto, pues le motivaba el hecho de ser valorado por su inteligencia y sus virtudes, como debían haber hecho aquellos niños. Encontró en los estudios su vía de escape y su salida. Iba superándose a sí mismo en cada curso, y aunque también recibió burlas y menosprecios por parte de algunos compañeros por sus hábitos de estudio, pronto esto le abrió las puertas en academias de idiomas prestigiosas, becas económicas por su rendimiento académico y pasó a ser valorado y admirado por todos. Aquel niño al que no permitían quitarle la chaqueta para que el resto de niños no pensase que estaba en el equipo, ahora se encontraba en una liga superior a toda su clase respecto a los estudios.

En cuanto a los crueles niños, ninguno de ellos llegó a terminar la enseñanza básica, ninguno de ellos cambió, siguieron creyéndose los líderes de la escuela, pero pronto sus intereses cambiaron, aburridos de los débiles niños, dejaron de entrar a clase y prefirieron dedicarse a delinquir o robar carteras entre otras muchas cosas. Pronto aquel grupo se separó, y los que eran mirados con miedo y respeto hace unos años, ahora se les veía con lástima y desprecio, pues pudieron tenerlo todo, como Raúl, que empezó una carrera, y decidieron pasar su vida haciendo daño al resto, y con el tiempo, casi por obra de karma, a ellos mismos.

Bibliografía: “Manolo Pilares, escritor fiel.” El país, 1992


El tercer cuento que trabajaremos es «Servandín» de Francisco García Pavón. En él, encontramos únicamente tres personajes: Servandín, su padre, que sólo aparece al final del relato, y el compañero de clase de Servandín, narrador de los hechos.El argumento es sencillo: el padre de un amigo del protagonista tiene un bulto enorme en el cuello que será el factor determinante de las acciones de estos personajes durante toda la narración.

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Francisco García Pavón (1919-1989)

El padre de Servandín es casi el leitmotiv del relato y de la clase del colegio entera: al ser humano le impacta si un ser es extraordinario o insólito. A pesar de su impaciente curiosidad al protagonista le da vergüenza pedirle a Servandín que lleve a ver el extraño bulto, por lo que le dice a su propio padre que le dibuje hombres con bultos (como ocurre con el cordero en El Principito), pero siempre va más lejos la imaginación del niño. Al final Servandín le pide jugar con su pelota, y a cambio le pide algo. Servandín solo puede ofrecerle un laxante (no había juguetes en esa época y reutilizaban las cajas, los recipiente como juguetes) o el cinturón de lona de la bandera de la República a pesar de no tener otro con el que abrocharse.

El detalle del cinturón permite al lector situarse temporalmente en la época de la posguerra, y también saber más datos acerca de la familia: a pesar de que la bandera tricolor no estaba bien vista, Servandín ha de llevarla, pues no tiene otra. Deducimos que la situación en su casa es precaria. Tras dichas estas propuestas decide pedirle como favor ver el bulto del padre en el cuello (como un inocente chantaje). Servandín le mira lastimero porque sabe que quieren utilizarle para aliviar su morbo, y a pesar de que su amigo le está poniendo entre la espalda y la pared, cede porque las ganas de jugar al balón son enormes. En esa edad pueden más las ganas de jugar que la vergüenza familiar: es toda la lógica de un niño.

Servandín cede y llegan hasta donde el hombre trabajaba en un ultramarinos muy pequeño y alejado del centro. Está vendiendo velas (emblema de las procesiones y de la falta de luz en las casas española). Sale el hombre, descrito de facciones a un lado por el gran bulto rosa de la cara; el niño no podía quitar la vista de la figura, hasta que se van y Servandín le dice que le van a operar. El final es triste porque condensa la amargura de la familia de pasado republicano, de un padre enfermo.

A partir de este momento imaginaremos la vida de los tres personajes. Como anunció Servandín al narrador del relato, la operación de su padre se produjo, pero no tan pronto como les habían prometido, sino ocho meses después. Para aquel entonces, la salud del padre de Servandín había empeorado muchísimo, y los médicos decidieron que nada podían hacer ya por él. Quedó con el bulto cuatro meses ya, sin apenas comer y poder hablar, hasta que terminó falleciendo. Servandín siempre sospechó que la decisión del cambio de fecha se debió a su activa presencia en el bando republicano durante la guerra, además de porque la sanidad, en aquellos momentos, dejaba mucho que desear, desentendiendo a quién más lo necesitaba por sus decisiones pasadas.

Los años pasaron, y a pesar de que a la familia le costó sobreponerse, acabó saliendo adelante gracias al pequeño negocio que poseían. Consiguieron el dinero suficiente para que Servandín consiguiera su sueño, ser enfermero. La injusta decisión que llevó a su padre a la muerte le había marcado, por lo decidió estudiar para llevar a cabo esta profesión e intentar, al menos, que no volviese a producirse esta situación con otra familia.

Respecto al amigo de Servandín, estuvo apoyando al pequeño cuando ocurrió la desgracia, e iba todas las tardes a jugar al balón con él, esta vez sin pedirle nada a cambio. Entre ellos se creó un fuerte vínculo, que traspasaba a veces el de la amistad, eran como hermanos. No cambió esta relación cuando ambos crecieron, y mucho menos cuando Servandín logró conseguir su sueño, que enorgullecía enormemente a su amigo.


El cuarto cuento al que nos dedicaremos es  «Tinajilla» de Lauro Olmo, perteneciente  al volumen Golfos de bien de 1968. Este relato tiene como protagonista a un grupo de estudiantes de la España franquista. Narra el primer día del hermano de uno de los protagonistas, Tinajilla, mote que debe a su madre, pues le dejaba en casa mientras trabajaba dentro de una tinaja, de donde apenas le sobresalían los ojos. Un día se ompe la tinaja y el protagonista sale de ella, como el que sale del huevo por 2ª vez y ya hubiera madurado.

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Lauro Olmo (1921-1994)

Sabañón acompaña a su hermano al colegio, donde se encuentra a don Ramón, que no es sino la escuela franquista en general. Cuando pasa lista todos los motes se venían abajo en pos de los nombres de pila. Don Ramón se dirige al pequeño, y el niño no se acuerda de su nombre de pila sino de “Tinajilla”, aunque sus amigos salen al rescate: no sabe leer ni escribir; tenía 7 años. Desde ese momento el niño se incorpora al sistema educativo de la sociedad franquista, como forma de bautizo social era adjudicarle un sitio dentro de la “jaula” (aula de la escuela) y el recuerdo de su nombre de pila, del que se olvidó de tanto oírse como “Tinajilla”.

Partiremos de este momento para comenzar a inventar el futuro de nuestros protagonistas. Los chicos crecieron bajo una dura educación, llena de amenazas, violencia e injusticias por parte de don Ramón, pues en el relato solo se nos narraba la punta del iceberg de este irascible hombre. No obstante, y por consecuencia del tiempo convulso en el que está narrado el relato nuestros protagonistas abandonaron la escuela, cuando apenas algunos de ellos habían comenzado a leer y escribir. Pronto tuvieron que ponerse a trabajar para ayudar a sus familias, en las que solo trabajaba la figura del hombre y con un sueldo ridículo. El caso de Tinajilla y Sabañón era aún peor. Su madre fue abandonada por su marido cuando estaba embarazada de Sabañón, por lo que la ayuda económica de los chicos en la casa era más que necesaria. El mayor de ellos tuvo que abandonar la escuela con tan solo trece años para empezar a trabajar en el campo, por lo que ya no podía defender a su hermano pequeño, Tinajilla, de las crueles burlas de los niños recordándole su infancia en una tinaja.
Aún así, Tinaja pronto manifestó una gran inteligencia y perspicacia, que no tenían el resto de sus amigos y tampoco Sabañón. Éste, siendo consciente de la brillante mente de su hermano, le prometió que haría lo que estuviera en su mano para que no hiciera falta en casa otra ayuda económica aparte de la suya. Así fue, Sabañón trabajaba más horas, cada día llegaba más tarde y cansado del campo, solo por Tinajilla, para que siguiera estudiando, para que siguiera en la escuela. Conforme pasaron los años, el pequeño de los hermanos no decepcionó a la familia y con lo que éstos habían ahorrado decidieron que lo mejor sería que continuara los estudios en la universidad. Tinaja, aquel del que todos se reían, era el único muchacho de todo el bloque, incluso de todo el barrio que podía permitirse económica e intelectualmente ir a la universidad. Desde aquel momento fue admirado por todos, ansiosos por saber qué ocurría entre aquellas paredes, a los que solo llegaban unos pocos afortunados. Tinaja jamás olvidó los humildes orígenes de su familia, y se prometió a sí mismo, que le devolvería a su madre y a su hermano todo el esfuerzo económico que habían hecho apostando y creyendo en él.
Finalmente Tinajilla acabó la carrera de Humanidades y optó a una plaza en uno de los colegios de barrio. Acordándose siempre de la figura cruel de don Ramón, trataba a sus alumnos con todo el respeto y cariño que le estaba permitido. La mitad de su suelto estaba destinado íntegramente a su madre, que ya vivía sola, y a su hermano, que para entonces estaba felizmente casado y tenía dos preciosos hijos. Tinajilla se sentía afortunado por la vida que había conseguido tener, pero era consciente que toda ella se la debía a su hermano Sabañón, que desde aquel día en la “jaula” le había defendido y así siguió haciéndolo incluso al no estar a su lado.
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